Sin lugar a dudas, la culpa de las madres trabajadoras es mucho más alta que las de los padres en las mismas condiciones. Es a la madre a quien le preguntan frecuentemente cómo le hace para atenderlo todo, para trabajar, tener una casa ordenada, ir a las juntas escolares, preparar comidas y lunches para la escuela, leer cuentos por las noches con sus hijos, contestar 250 mails diarios, etc. ¿Cómo logras hacerlo todo? dice Tina Fey, encubre la verdadera pregunta: ¿Seguramente no estás pudiendo con todo verdad?. Así nos sentimos frecuentemente madres y padres que trabajamos fuera de casa. Sobrepasados, abrumados, incapaces, en eterno conflicto sobre el pobre balance de vida que a veces tenemos. Días interminables, trabajo que nunca se acaba, corriendo de un lado a otro, manteniendo comunicación con nuestros hijos gracias a los celulares y los mensajes de texto, viéndolos poco, preguntándoles en los 15 minutos que a veces tenemos para comer con ellos cómo va la escuela, qué necesitan de la papelería, la dirección de la fiesta a la que hay que recogerlos el viernes, qué paso con la novia, con la amiga con la que se dejó de hablar, si le sigue doliendo el tobillo, si se tomó el jarabe para la tos, si está usando el hilo dental todos los días, si hay algo que quiera contarme porque lo veo triste últimamente, si sabe cómo quedó el Pumas-Chivas? Todo eso, en 15 minutos. Y entonces sólo nos queda convencernos de que todo va a estar bien, porque esta es la vida que tenemos, porque no nos convertimos en brujas por tener que salir de nuestra casa a hacer lo que sabemos hacer profesionalmente hablando y a generar un patrimonio para nuestra familia. Porque siempre es posible organizar mejor la agenda, los tiempos, pero sobre todo, porque siempre es posible reflexionar y en todo caso replantear cuánto estamos conviviendo con nuestro hijos de manera significativa y con calidad.